abril 11, 2008

Mundo de corbatas

Mi peor pasadilla ha resultado verme rodeada de personas respingadas, empolvadas, abrillantadas, encerradas en un traje elegante pero muy poco expresivo.
Joyas, satén y cuero... Bigotes, sombreros, pipas. Tanto lujo y nada que decir; todo es tan gélido y sin sabor que da escalofríos y produce nauseas.
Millones de años podrían sumarse entre los presentes y miles de libros podrían escribirse reuniendo todos los conocimientos que rondan en aquellas cabezas blancas.
Sin embargo, una mariposa no duraría un segundo en aquel espacio porque moriría de asfixia y tristeza. Nadie reconocería su color y belleza, o simplemente analizarían su esplendor con leyes, números y teorías que apagarían su vuelo.
Imagino a alguien hablando sobre el canto de los pájaros, precisamente un maestro de orquestas, con palabras transformadas en poesía, y la humildad necesaria para saber apreciar las cosas de Dios.
Saldrían flores de su boca pero nadie alcanzaría a verlas. Se sentirían las miradas de admiración pero, la ignorancia ante aquel discurso, no lograría conmover a ninguno porque para ser comprendido se necesita huir de lo trivial, sacarle la lengua al capricho y desnudar el alma completamente.
Miradas secas, espíritus vacios y frustrados que no generan más que críticas absurdas, básicas y simples.
El humo de los cigarrillos alcanzaría las frases equivocadas para llevarse consigo el arte de lo profundo. En aquel lugar solo reinaría la banalidad.

Creo que a este escenario le tememos todos los poetas, escritores y artistas. Ojala siempre existan mentes y corazones vivos que sepan apreciar las flores que tratamos de mostrar y el mundo de corbatas nunca deje de ser solo una pesadilla.

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